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Bienvenidos a "Mil y Una Lunas", un espacio donde encontrarán curiosidades sobre artes, historia, personajes actuales o emblemáticos, pensamientos y críticas. Los aliento a dejar todos los comentarios que les sea posible, puesto que ello me ayudará a mejorar el blog. Estén pendientes de las secciones especiales, como la Foto del Día de National Geographic, la cual podrán encontrar al final de la página.

viernes 29 de mayo de 2009

Concentración de Contrastes


En Guatemala hay campos de concentración. Daniel Álvarez y Ana Martínez viven en uno. Si alguien desea visitarlos, no necesita más que una dirección y el impulso de ir. Del sitio nadie guarda la entrada ni la anuncia. Súbitamente, el visitante se encontrará inmerso en esos terrenos donde muchos otros, quizá todos lo suficientemente desensibilizados, son capaces de transitar para contemplar impasibles –si la curiosidad les hace levantar los ojos más allá de la ventana– esos seres, ahora espectrales, que en otro tiempo fueran gallardos y espléndidos, incluso envidiados a nivel mundial por su finísimo porte, y que ahora no son más que vestigios mutilados, tatuados con frases de odio de terceros a terceros. Quienes conforman este escenario semejan fantasmas, junto a los cuales otros huéspedes se acostumbran a vivir.
Daniel y Ana viven el Centro Histórico de Guatemala, un conjunto arquitectónico invaluable que ha sido concentrado en el olvido y, consecuentemente, el abandono. En otra época, este trozo de la ciudad era el ejemplo inexorable de la prosperidad de una nueva república; ahora, esos territorios dorados sólo viven dentro de unas fotografías sepia que pintan el sueño de ser de primer mundo. ¿Y qué pasó? Pues que la ciudad creció, el mundo moderno se levantó en la periferia y así, paulatinamente, los habitantes fueron abandonando toda la zona desde la Avenida Elena a la 12 Av., y de la 1ª. Calle a la 18ª. Calle de la zona 1.
Aunque no todos. Daniel Álvarez y Ana Martínez viven en el Centro Histórico. Ellos no se conocen, pero comparten las experiencias de vida en un mundo turbio y a la vez enigmáticamente fascinante, que continuamente desvaría entre una dura realidad y una misteriosa fantasía.
Daniel tiene 21 años y ha vivido en el Centro desde niño. Si le preguntas qué es lo que más le gusta de vivir ahí, comenta simplemente “caminar por las calles” (un auténtico lujo si se considera la situación de este turbulento país). Su razón, no obstante, es muy peculiar: “Si vives en el Centro, todo queda cerca”. Claro, realmente es un mundo pequeño. Aún así, a Daniel también le resulta difícil afirmar que le gusta vivir en dicho sitio. “¡Todo está sucio!”, es su mayor queja. No pasa un día sin que Daniel encuentre a un vagabundo tirado en cualquier mustio rincón, preferentemente los umbrales húmedos de viejas puertas cegadas y roídas. ¡Y qué decir de los “pegamenteros” del Parque Central! Haciendo memoria, Daniel relata aquella vez en que, mientras caminaba tranquilamente por las calles, un joven lo abrazó, asegurando que era amigo suyo. No obstante, al cabo de un momento le pidió un quetzal. Cuando Daniel le dijo que no tenía ninguno, ¡asalto! “Dame tu celular”.

Es muy probable que la mayoría de guatemaltecos ya hayamos visitado este campo espectral. En una ocasión, un desvío obligado nos llevó con mi familia hacia tales inmediaciones. Personalmente, el desvío no me molestó; me deleitaba en contemplar los detalles arquitectónicos de los edificios, opacados ya por la mugre y el desgaste, pero que en sus pequeños rincones aún escondían tesoros de una Guatemala más fina, que en otros tiempos había inspirado algunas de las fascinantes novelas histórico-románticas de José Milla.
“¿Cómo se llama la arquitectura que hay en Nueva York? Esa sí me gusta”, respondió mi hermano a previos comentarios míos sobre el arte de aquel campo de concentración de edificios olvidados. “Art Deco”, le contesté yo, “y aquí, en el Centro se construyó mucho bajo esa línea a principios del siglo pasado. ¡Como ese edificio!”, señalé hacia una estructura amarilla, conforme pasábamos junto a ésta, en la 9ª. Avenida, entre 15ª. y 14ª. Calle.
“Ése era el edificio de Sanidad Pública”, observó mi mamá. “Recuerdo que, de niña, veníamos a vacunar a mis perros a este lugar, pero a mí me daba miedo, porque también venían las prostitutas a renovar sus tarjetas de sanidad”.
Y es que el Centro es así, un mundo de contrastes. Edificios alguna vez hermosos que encierran buhardillas lúgubres; edificios descascarados que contienen fabulosas galerías de arte. Es un mundo extravagante y con olor a naftalina, donde puedes encontrar absolutamente de todo.


Ana Martínez no creció en el Centro. De hecho, nació en Madrid. Estudió la licenciatura de periodismo en la Complutense y luego una maestría en Países del Sur. Eventualmente, su destino se designó al azar: un año de prácticas profesionales en el extranjero. A Ana le asignaron Guatemala. Ella creyó que no duraría más de tres meses. Ya casi cumplió el año y extendió su tiempo hasta el 2010. Hasta ahora, Ana ha vivido en un apartamento detrás del Palacio Nacional junto a otra compañera también española. Si bien el hospedaje les ha sentado bien, la casera consideró que era momento de que se fueran, así sin más. “Hace poco hablé con la posible futura casera por teléfono”, cuenta Ana mientras pasea por las calles airosas de la zona 1. “Me explicó que nuestra posible futura casa hace como un siglo fue un convento. De hecho, la cocina era una capilla y por eso todavía hay un Cristo en una de sus paredes, imposible de quitar y que, la verdad, da un poco de yuyu”.
Aún así, a pesar de todo el tiempo transcurrido, la adaptación siempre es difícil. Lo sería incluso para un guatemalteco habituado al ritmo de las otras zonas de la ciudad. Para Ana, el reto ha sido doble. Súbitamente le ha tocado lidiar con la “paranoia” de los pobres chapines, “que no saben qué es andar bajo la lluvia, con la música al tope en el mp3, sin necesidad de correr”, por el tema de la inseguridad, claro. Las diversiones, definitivamente, han cambiado también. A ella le gusta visitar con sus amigos un café bar llamado “Las Cien Puertas”. Pero de repente, para variar, ¿alguien se apunta para ir al cine a la zona 1? A esta madrileña le parece bastante divertido. “Los asientos están rotos, pero es lo de menos. La mayoría de las veces en la sala no hay absolutamente nadie y la película empieza unos minutos antes de lo previsto. De repente, los subtítulos desaparecen y tenemos que salir a avisar a alguien a que nos los vuelvan a poner…”
Y es que el Centro es así: lo viejo, ni por demasiado viejo pasa. Es un ambiente donde la palabra “obsoleto” pierde sentido. Y si bien es cierto que, por un lado, es un patrimonio cultural de la nación, sede aún de muchas instituciones estatales, por otro, es innegable su realidad de bajo mundo, donde la población que aún queda permanece muchas veces ya sea por la nostalgia o la falta de opciones.
Atravesar las aceras remendadas de la zona 1 es suficiente para convencernos de esto. Los almacenes de telas, los comedores, hasta el alguna vez suntuoso hotel Pan American, todo parece haberse quedado estancado, pese a que el tiempo siguió pasando. Ahora, lo que apenas hace unos veinte años aún era un paseo vistoso y, más que eso, obligado para los ciudadanos que querían hacer compras, trámites, ir al banco, trabajar en el ombligo del país, ahora es una especie de pueblo fantasma. En este lugar, reina el hollín del diesel de las camionetas, que se adhiere a las paredes, a las ventanas, al piso como si fuese un moho; es el imperio del polvo denso que se duerme en las vitrinas de los almacenes más antiguos, ¡como en El Portal!, las cuales no parecen haber sido remodeladas desde hace más de diez años. ¡Y qué mejor forma de verificar esto que caminando por la “Sexta”, travesía que es siempre una odisea!

Nadie puede decir que conoce el Centro si no ha ido a “la Sexta”. En antaño, la 6ª. Avenida era famosa por tener las mejores tiendas del país y podía verse en ella muchos peatones, ataviados con sus mejores galas, en su camino hacia el cine Lux –al que no se podía entrar mal vestido.
Ahora, las personas saturan las aceras, una aglomeración continua que transita por entre los improvisados tenderetes que cubren toda la ruta desde la 8ª. hasta la 18ª. Calle. En éstos se puede encontrar absolutamente de todo: CD’s de música y películas pirata, ropa, relojes, bolsos, cracks de software e incluso unos cuantos gallos disecados en posición de pelea (por si se le antoja obsequiarlo a alguien en Navidad). El espectáculo es, pues, definitivamente pintoresco: puestos de venta armados burdamente con plásticos de colores y lazos, y que ocultan a los almacenes adyacentes de la luz solar; las calles están más que atestadas de peatones, autos mal parqueados y todos los carriles de tráfico que quepan en la inventiva del conductor. Se podría decir que es parte del folklore.
Y, por supuesto, ya nadie piensa en ir de gala a los cines Lux. De hecho, resulta sorprendente que las salas de la zona 1 aún sobrevivan, con una clientela que sólo podría ser contada en números negativos. Ello sin mencionar al tenebroso Cine Doral, donde solamente se exhibe películas XXX y es destino conocido de travestis y otras personas de dudosa reputación.


Pero, a pesar de todo esto, el Centro es aún hoy en día un santuario predilecto para muchísimos artistas nacionales. ¿Dónde se puede respirar con más frescura el aire romántico, melancólico incomprendido que siempre inspira a aquellos de gran sensibilidad? Si uno se pasea una tranquila tarde de sábado por el Centro Cultural Metropolitano, más conocido como el Edificio de Correos, es muy fácil dejarse envolver por la música lejana de varios músicos jóvenes, practicando con sus partituras; aquí un flautista, allá una violonchelista, ambos tan sumergidos en su pieza que ni un vendaval podría arrancarlos de su arte.

A tan sólo una cuadra de ahí, en una avenida prácticamente desierta, hay un local rezagado en una esquina. Las vitrinas están cegadas por grotescos pósters de heavy metal; la puerta entreabierta, accesible a quienes sean lo suficientemente temerarios entrar en ese lúgubre bar de rockeros. De lo que hay al otro lado no se ve más que una profunda oscuridad. Al lado hay un hotel. La entrada es un largo corredor con piso de cemento que termina frente a un muro de aire denso y polvoriento. De la recepción no hay ni rastro; seguramente es esto señal de que habría que internarse en el pasillo y luego subir las escaleras que parten desde el fin de éste y llevan hacia otro rincón igualmente oscuro dentro de los recovecos del descascarado edificio.

Porque, como dijimos anteriormente, el Centro es un mundo de contrastes. Tanto el escenario de una novela romántica como una realista. Un lugar donde se alzan brillantes iglesias a la luz del sol, y trabajadores sexuales cuando cae la noche. Porque, sobre todo, este lugar es verdaderamente un campo de concentración, un sitio donde hemos “encajonado” un submundo, fascinante y escalofriante a la vez; una ciudad fantasma pero también un pasado lleno de mitos, leyendas y folklore –sobre el cual, fácilmente, se recrean muchas páginas más.


Ok... Esta es la versión original de la crónica. Una versión editada en algunos aspectos va a ser publicada (o ya fue publicada jaja) en Siglo 21 el domingo 31 de mayo, en Magacín 21. ¡A ver...! :/ jajaja!
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Créditos de fotografías (por orden de aparición)
1. 5ta Av Zona 1 Guatemala por feniceo
2. 6ta Calle Zona 1 Guatemala por JR_27
3. Pasaje Aycinena por xibalbarendon
4. Sexta Avenida (archivo Prensa Libre)
5. Real del Parque por J_aroche

viernes 22 de mayo de 2009

Había una vez un escritor guatemalteco...


Había una vez un escritor guatemalteco…
…y que quería publicar, porque le parecía que sólo así sería realmente un escritor. Como muchos otros escritores alrededor del mundo, estaba convencido de que publicar era un paso más en el proceso de escribir un libro. Un paso necesario y totalmente indispensable que asume el papel de corona y cetro en una obra de gran porvenir. Sin publicar, el proceso estaba incompleto y fallido.
Y bueno, si consideramos que vivimos ahora, según palabras de Philippe Hunziker, director comercial de la popular librería Sophos, en una época donde la literatura ha entrado en boga; “una nueva moda mundial; una moda afortunada”, no hay nada de reprochable en la obsesión del escritor por publicar. Día a día, oímos acerca de personas que se han lanzado a escribir y que, por este medio, han sido catapultados al éxito. ¡Best-sellers! ¡Traducidos a 30 idiomas! ¡Giras por todo el mundo! ¡Regalías millonarias! ¡Dueños de fundaciones! ¡Contratos con Hollywood!
Sea o no sea de su gusto particular, no es nada despreciable que alguien como la inglesa J.K. Rowling, desempleada y divorciada, rechazada por 11 editoriales, haya escrito una saga de ficción fantástica –Harry Potter– y se haya convertido en la segunda persona más rica de Inglaterra, 17 puestos por encima de la mismísima reina. Paulo Coelho, antes un hippie y bohemio subversivo, ahora es miembro de la Academia Brasileña de Letras y Mensajero de la Paz de la ONU; ¡y qué decir de Stephenie Meyer!, autora de la exitosa saga de novelas vampirescas, Crepúsculo, que pasó de ama de casa mormona a millonaria en tan sólo 5 años, siendo considerada ya como la “nueva J.K. Rowling”.
Por supuesto, hay muchos que cuestionan si esto es propiamente literatura, y en Guatemala la mera “natilla intelectual” no deja de tachar estos fenómenos, más que como literarios, como “comerciales”. Sea cual sea la opinión, lo cierto es que estas personas han entrado en el flamante negocio de la industria editorial, han escrito, fuera de las altas urbes de la intelectualidad, novelas que han despertado vivas emociones y, por este medio, ahora son ricos y exitosos. Y bueno, en el actual contexto de la industria editorial a nivel global, “éxito comercial” y “éxito literario” son prácticamente sinónimos.
¿Pero es el mercado editorial de Guatemala muy distinto a éste? ¿Y cuáles son las aspiraciones y objetivos de los nuevos escritores? ¿Realmente es así de grande ese mercado en nuestro país?

Anneliese Thomae tenía 13 años cuando se le metió en la cabeza la idea de escribir un libro; una novela de misterio, para ser más precisa. Me pidió una opinión y yo, contenta con aquella nueva afición literaria, acepté y esperé a recibir las primeras líneas de mi joven amiga, ahora escritora. ¡Pero vaya sorpresa! ¡El documento que recibí tenía 93 páginas!
Aquel nuevo hobby, adoptado de modo tan intenso, podría haberme desconcertado al principio pero luego, considerando las razones de su súbita afición a la literatura, creo que ella realmente descubrió la magia de escribir: “Cuando empezó a gustarme la lectura, la mayoría de los libros me decepcionaban al final, así que me decidí a escribir mis propios libros, con los finales que a mí más me gustaran. Y es que, cuando uno escribe, aparece un mundo de la nada, y uno es el dios de su libro”, comenta.
Anneliese aspira a ser escritora “a tiempo completo”. A ser conocida en otros países y traducida a muchos idiomas distintos; a que se haga películas y videojuegos de sus libros. Eventualmente, hasta ganar un Nobel “porque eso no se olvida. Pondría en alto mi patria. Mi nombre sonaría un tiempo después de muerta”, enfatiza con una sonrisa.
Claro, es ésa la utopía de los muchos autores novel que día a día, se asoman a las miles de casas editoriales en el mundo con la certeza de tener en sus manos la novela del siglo. Hay pues, a primera vista, una doble ingenuidad en la declaración de Thomae: que un autor lo suficientemente comercial como para transformar su obra “en un videojuego” pueda ganar un Nobel, y que es relativamente sencillo lograr ser “escritor a tiempo completo” en Guatemala, y lograr la fama.
Juan Carlos Lemus, escritor y periodista guatemalteco, señala dos grandes obstáculos en la entrada de un escritor novel a la oferta del mercado editorial. Primero, el hecho de que se trate de un desconocido; “creo que algunos editores ni siquiera se toman la tarea de leer la obra del novel que propone, sino que prefieren dedicarle el tiempo a quienes les dejarán algún dinero”, comenta. El segundo es que los noveles no saben proponer su obra, pues muchos creen que ya abordaron la fama mucho antes de alcanzarla, y creen que las casas editoras deberían “suplicarles que participen en su empresa”. Y bueno, a criterio de este escritor, “ambos aspectos, sumados, dan como resultado un horrendo monstruo llamado ‘oportunismo’, de quienes no escriben bien pero tienen contactos.”
Más por curiosidad que para corroborar la certeza de la declaración de Lemus –de la cual no me quedaban muchas dudas, realmente–, decidí recorrer algunas editoriales prestigiosas a nivel local. Mi primer acercamiento fue a F&G Editores, fundada en 1993 y actualmente una de las más importantes editoriales independientes del medio. Además de poseer una calidad de impresión y diseño para nada desdeñable y una página web bastante completa, cuentan con una rama menor, F&G Libros de Guatemala, que se encarga de la distribución de títulos nacionales y regionales –inclusive publicados en otras editoriales–, a nivel internacional.
El editor de esta casa, Raúl Figueroa fue quien me recibió en la sede de la casa editorial (una casa de aspecto abandonado en medio de un folclórico vecindario urbano: ¡primer bandazo!) En cuanto quitó cerrojo a las dos puertas que precedían la entrada, me hizo pasar finalmente a la improvisada recepción, donde en un segundo llegó a mi nariz el peculiar olor a papel guardado con que se arropan las bibliotecas más viejas. Por donde se viera, había libros apiñados; algunos exhibidos en una repisa raquítica junto al escritorio que se perdía entre el desorden; otros envueltos en papel kraft, listos para ser distribuidos; otros empacados ya en maletas de viaje, listos para salir del país –y con suerte, para nunca regresar.
Cuando finalmente nos sentamos a hablar, su expresión era grave. Me contó que tenía problemas con editorial Piedra Santa, la cual quería “robarle” clientes. Y que, además, tenía una demanda por una riña con un fotógrafo, que insistía en que no le habían pedido permiso para usar una fotografía suya en una cubierta. “Él vino a dejarnos varias fotografías personalmente, y nos permitió usarlas pero no firmamos nada. Y ahora estoy bajo arresto domiciliario”, me contó con pesar.
“Pero, ¿es realmente tan complicado el mercado editorial en Guatemala?”. Figueroa sonrió: “La industria editorial siempre ha sido difícil. En primer lugar, lo que se escribe supera por mucho la capacidad de publicar que tienen las editoriales. En segundo lugar, la calidad es un tema muy subjetivo y muchas veces las editoriales también se equivocan”.
Y en F&G Editores, ¿existe alguna temática preferencial en su línea editorial?
Publicamos, prácticamente, en tres grandes líneas: leyes, literatura y ciencias sociales, de las cuales la narrativa ocupa un 50% de nuestra oferta editorial. Y bueno, publicamos poesía pero no es muy rentable.
Supongamos que un escritor novel desea publicar con ustedes. ¿Cómo los contacta? ¿Reciben muchos manuscritos?
Recibimos muchísimos manuscritos: los vienen a dejar, los mandan por el correo electrónico. Fácil, llegan dos a la semana, que en un año son más de cien y todos los tendría que leer yo, que soy el único encargado de la edición. Como no puedo leerlos todos, la prioridad es para autores que ya han publicado con nosotros, seguido por los autores que han publicado con otras editoriales. Y bien, para los novel, me guío por la primera página. Si la primera no me atrapa, es probable que no siga leyendo. Es duro, pero para un escritor novel es difícil publicar en cualquier parte del mundo.
Sé que la fundación Soros ha creado un fondo editorial y que precisamente ésta es una de las beneficiadas. ¿Cómo funciona esta ayuda?
El fondo editorial de Soros ya existía. La variante es que ahora da su apoyo financiero, no a los autores directamente, sino a través de las editoriales, que a mí me parece muchísimo mejor y más profesional. Eso sí, Soros no nos da una cantidad fija. Somos nosotros quienes proponemos las obras, si vemos que éstas se ajustan a los criterios de la fundación, que son muy amplios y básicamente buscan calidad.
Un asunto muy relevante respecto a la industria editorial en Guatemala, y del que Figueroa está muy consciente, es de la autopublicación. Según el editor, “el 50% de lo que se publica es auto”. “¿Y eso no viene a poner en peligro la calidad de la oferta editorial del país?”, le pregunto luego. No. Figueroa no lo cree. Repite que las editoriales también se equivocan y resalta que escritores importantes empezaron con una autopublicación. Como Miguel Ángel Asturias, por ejemplo. Así pues, no importa cómo se publique una obra; si es buena, trascenderá; “los libros malos mueren a los 6 meses”.

“¿Qué estás haciendo?”, me preguntó Marielos Hurtado un día en sexto primaria, hace ocho años. La profesora se había retrasado y todas las compañeras estaban inmersas en el natural desorden que arman niñas de 12 años en un ambiente sin autoridad. Yo, no obstante, estaba sentada en mi escritorio, concentrada en algo que guardaba en mi cartapacio. “Estoy escribiendo”, le contesté. “¿Tú escribes?”, me preguntó ella entonces, muy sorprendida, y en un momento, una ancha sonrisa le iluminó el rostro: “¡Yo también!”, exclamó.
Si bien yo conocía a Marielos desde que teníamos 7 años, creo que fue en aquel momento en que la conocí realmente. La escritora Lorraine C. Ladish diría algún día: “Escribir no es algo que hacemos, es una forma de vida”. Y es que, cuando alguien descubre que tiene una vocación literaria, lo que había detrás parece una etapa prehistórica, que fue determinante, claro, pero que carecía aún de identidad. Y por eso, aunque Marielos Hurtado jamás ha publicado, no guardo dudas de que, desde aquella ya lejana mañana del año 2001, ella es una escritora, y esa es una cualidad de la que ya jamás podrá despegarse.
El escritor es una persona que vive en un mundo paralelo: ve, oye, huele y toca lo mismo que el resto de seres humanos, pero todo lo percibe distinto. Y ello se debe a que, a partir del momento en que su mente concibe nuevos seres, su mundo está poblado de criaturas extrañas y muy peculiares, muy propias de él y sin las cuales ya le resulta imposible vivir. “Escribir es crear un mundo propio. No importa por lo que estés pasando, siempre se puede hacer a tus personajes más miserables, o más felices, y sentirte mejor con eso”, ilustra Hurtado casi 10 años después de descubrirse escritora. “Yo escribo para desahogar todo lo que siento y que tengo adentro, porque es la manera en que mejor puedo comunicarme con el exterior”, explica (nada muy distinto a lo que dijo el escritor peruano, Fernando Ampuero en la década de los 80’s: “…escribo para sentir alivio. La escritura creativa es uno de esos procesos de expansión y desahogo que pueden generar a un tiempo angustia, dolor y placer; todo eso [que] de alguna manera me hace resistir mejor la vida”).
Así pues, para Marielos, no hay ninguna distinción entre las personas de carne y hueso, y los muchos personajes que habitan en sus novelas. Han estado con ella por casi diez años: tiene personalidad, una psicología ya tan clara que, para ella, es muy fácil imaginarlos desenvolviéndose en las situaciones más cotidianas. Ella misma afirma que siempre ha buscado que sus personajes sean “lo más humanos posible, y que siempre tengan rasgos de la realidad cotidiana de Guatemala”, porque sólo así se pueden lograr los efectos que transmiten los mejores libros, esos que “a veces querés meter en el congelador y no seguir leyendo, porque te tienen tan compenetrada con la historia que te da miedo llegar al final; porque sabés que nada va a salir bien”, como dice ella.
Ahora bien, sobre publicar viene otra historia: “Siempre he pensado que si quiero sobresalir en este campo tendría que mandarlo a algún lugar fuera para que se expandiera por el mundo. Publicar en Guatemala no sería mi primer recurso, porque acá siempre pasa lo mismo: si quieres sobresalir te tienes que ir.”, opina ella. “El campo literario en Guatemala es muy pequeño y muy cerrado. No tratan de difundirlo a todos los demás. No es como un mercado gringo, que a como dé lugar te tienen que meter. No somos tan competitivos porque no tenemos los recursos.”
Con el fin de averiguar qué tantas oportunidades había para los novel en la industria nacional, decidí acercarme ahora a Letra Negra, otra de las editoriales independientes de Guatemala. Armando Rivera, editor, con un estilo mucho más mordaz, no mostró reparos en sentenciar, casi de entrada, que Piedra Santa (una de las editoriales más antiguas del país) es una “rapaz comerciante de papel” y que Óscar De León Palacios (editorial de fundadores quetzaltecos) es, realmente, un “camionero de libros”.
La línea editorial de Letra Negra es tan atrevida como la personalidad de su editor. Con una oferta 100% literaria, su gran apuesta, de entrada, es por la primera obra de autores jóvenes. “Ellos son la sombra del futuro literario del país”, argumenta Rivera entonces. “Estos escritores jóvenes están desamparados. ¿Quién les presta atención? ¿Quién va a publicarles? ¡Si hasta sus mamás esperan que les regalen los libros!”.
Con más de diez años de existencia, Letra Negra, sólo en 2006, expuso más de 10 veces en el Parque de la Industria. E incluso ha tenido presencia en Frankfurt, en una feria donde participaron más de 7500 editoriales. Eso sí, según Rivera, “Alemania tiene un criterio bibliográfico de mercado. Uno de los años que fuimos, el libro estrella era Simplify your life (“Simplifica tu vida”), y al año siguiente la biografía de Beckham. Es un negocio donde lo más importante sigue siendo el creador”. Y bien, de cierto modo, para Letra Negra también.
“¿Qué tiene que hacer un escritor novel para publicar con ustedes?”, pregunté a Rivera en su oficina, (que era realmente un escritorio dispuesto al final de una bodega-fábrica, de un solo ambiente, llena de libros empacados y en preparación). El editor respondió de modo inusual: “Prefiero que traiga la obra con una carta, porque me gusta tener un acercamiento. Lo entrevisto para saber qué hay en su cabeza y si lo que veo es valioso, aunque la obra no esté excelente, le orientamos para que logre publicar: le damos libros a leer e incluso un pequeño taller literario.”
Hay opiniones de que, en el país, no hay tantos lectores como escritores.
Yo no estaría de acuerdo. En realidad, creo que hay un público de lectores grande a nivel local. El problema es que no lo hemos sabido buscar.
Y como editorial, ¿qué iniciativas han tenido para atraer lectores?
Dentro de la editorial tenemos ahora una rama nueva, llamada Luna Azul, que se encarga de distribuir literatura guatemalteca de autores jóvenes en los colegios, con el objetivo de incentivar a otros autores jóvenes. Además, hemos buscado promover la literatura por otros medios. En 2005, pedimos el Teatro del IGA para hacer una lectura en vivo, algo así como una puesta en escena. Pedimos a cinco de nuestros autores que prepararan una selección de sus obras y que la leyeran, dramatizadas, en público. Creímos que llegarían unas 50 personas, incluidos los papás, amigos y hasta el perro de los autores, pero se llenó: 400 asistentes. Un éxito como promoción. Y bueno, entre todo eso, lo que más me tocó fue cuando oí decir a un muchacho de secundaria: “¡A la, papa, si a mí me enseñaran lite así, hasta leería!”.
¿Cuáles son los mayores obstáculos que enfrenta la industria editorial en Guatemala?
Definitivamente la red de distribución. Hay muy pocos puntos leales en toda la región. En cada una de las capitales de Centroamérica, realmente, hay unas 8 librerías valiosas, y eso para 40 millones de habitantes. En estas condiciones, definitivamente es imposible llegar a todos los lectores. Además, el mercado regional es muy rapaz. Las librerías locales tratan de imponer precios fijos, porque desdeñan la producción nacional. Así, es demasiado complicado el mundo editorial aquí y en la China.
A propósito de esto, Raúl Figueroa había comentado sobre la necesidad de que se desarrollen las bibliotecas nacionales. “El hecho de tener más bibliotecas, en todo el país, supone un aumento en la adquisición de libros producidos en el país. Con esto, las editoriales tendrían garantía de venta de hasta 500 ejemplares y con ello se arriesgarían más”, había dicho.
Y bien, mientras estos dos editores concuerdan con que la cantidad de gente que escribe es grande, y está creciendo, el reconocido escritor guatemalteco, Méndez Vides, opina que la producción escrita en el país es, en cambio, escasa: “No existen obstáculos [para publicar], lo que falta es obra”, afirma. “Los autores se quejan mucho de que nadie les publica sus libros, pero muchas veces es muy lógico, porque las obras no siempre resultan valiosas. Las editoriales reciben cualquier cantidad de obras de autores nacionales, repletas de errores, o aburridas. Claro, existirán obras que se adelantan a las expectativas y podría ser que se rechacen, pero si son valiosas tarde o temprano les interesará a alguna casa editorial.”

Hablar con Jorge Ayau -cuyo seudónimo es EgoRequiem- es hablar de vanguardia. Aficionado a la música y a la tecnología, Ayau ideó una propuesta literaria que seguramente podría parecernos excéntrica e insólita. Su plataforma preferida para escribir es el Internet, precisamente en blogs o similares, y su estilo es una mezcla de lenguaje musical, programación informática y una alta carga de temáticas románticas adaptadas a escenarios de ciencia ficción. A modo de bitácoras, Ayau ha desarrollado una serie de dramas psicológicos en torno a personajes tan dispares como un loco, un vampiro y un robot.
“EgoRequiem 4: Legato

Registro de Emergencia U.U.7X
Lugar: Desconocido
Fecha y hora: No disponible

[Iniciando chequeo del sistema…
Sincronización de calendario...6 Sols (días) después
Marte, Fobos, 0158hr Dies soli 26, Géminis, Año 936
(Hora en la Tierra: 2:14hrs Domingo, Enero 2145)
Nuevo hardware encontrado…
Certificación del hardware fallida
Chequeo del sistema completado y en operación]

Abrí mis ojos, y vi a Jack, él dijo que la instalación había sido un éxito y que debería invalidar el proceso de instalación…”
Su propuesta, en nuestro país, resultaría arriesgada. Una fuerte carga de tecnicismos de todo tipo dificulta muchas veces la comprensión, a la vez que el formato de presentación suele romper con lo más tradicional, al punto de que dudamos si estamos leyendo literatura o un manual de computación. Aún así, jamás ha encontrado problemas para encontrar lectores fieles. Internet, además de ser una ventana al mundo, es un puente hacia los gustos más insólitos.
Pese a ello, él no rechaza la idea de publicar en el país. “Las ideas no necesitan ningún ámbito o lugar particular para ser apreciadas, sino gente con mente abierta que las lea y las interprete”, explica. Eso sí, reconoce que en este país no hay cultura de lectura. Pero más que todo, señala otro factor que no es nada despreciable tampoco: la temática. “Creo que toda la literatura hispanoamericana es un poco cruda y violenta. Se podría adornar más, se podría hacer más agradable y menos perturbadora. Hay miles de formas de escribir y creo que la mayoría [de autores hispanos] están confinados en una misma fórmula”.
Ahora bien, no se puede considerar que Jorge Ayau represente un caso extravagante y aislado. Conforme la globalización atrapa a todos los jóvenes por medio de la red, y con la informática creando tantos neologismos día a día que pronto los lingüistas empezarán a considerar si se trata de una nueva lengua –quizá el “práctico” reemplazo al esperanto como lengua universal–, es de esperar que la industria editorial se expanda por el mundo digital tarde o temprano.
Llama la atención la iniciativa WEbook Online Company (www.webook.com), una especie de comunidad virtual para escritores de todo el mundo que funciona, básicamente, a modo de cazatalentos literario. Esto nos enseña que la industria se está adaptando a las nuevas tecnologías y las ventajas que esta ofrece para generar un “acercamiento poco convencional a la publicación convencional”, dicho con palabras del mismo sitio web.
Y bien, la buena noticia es que Guatemala no se está quedando rezagada en este aspecto. Libros Mínimos, probablemente una pionera en lo que sería industria editorial web de la región, es una editorial que busca, con palabras de su creador, Julio Serrano: “crear un espacio alternativo para la difusión de autores centroamericanos contemporáneos y sus obras, además de generar una discusión crítica a partir del trabajo promoviendo un espacio abierto para el ejercicio de la crítica.” La forma de publicación suele ser proactiva: es la misma editorial quien ofrece un espacio a los autores que les interesa. Sin embargo, está abierta a recibir material de cualquier interesado a través de su sección “escríbanos”.
¿Cómo nació Libros Mínimos?
La idea [cuenta Serrano] nació de varias charlas con editores nacionales y un oportuno incentivo de la universidad. Resulta que fui de la primera promoción de Letras de la USAC a la que le tocaría hacer EPS (prácticas), pero bien, fue un excelente pretexto para hacer eso que estaba maquinando en ese entonces, que era este proyecto precisamente. Y aunque eso fue cosa de hace dos años, Libros Mínimos continúa en línea, y va para largo. Es un ambicioso proyecto colectivo donde autores, editores, críticos y lectores encuentran un espacio práctico y profesional para entrarle a la literatura por estos lugares.
¿Cómo definiría su línea editorial?
Libros Mínimos publica autores latinoamericanos, particularmente centroamericanos nacidos a partir de la segunda mitad del siglo XX. Se publican obras ya editadas anteriormente y que resultan difíciles de conseguir o muestras representativas de la obra de un autor.
¿Y por qué Libros Mínimos son “mínimos”?
Un día, en el 2006, mientras iba en el bus se me ocurrió el nombre. “Libros Mínimos”. Me gustó, porque se adaptaba justamente a lo que estaba pensando: libros de formato especial, de diseño muy minimalista que jugaban con la estética de los libros viejos con puro contenido contemporáneo. Además, me recordó a la hermosa colección de libritos que publicaba Miguel Marsicotévere en la década de 1930 en Guatemala, “Colección Mínima”. Sin querer, ese nombre había quedado en mi cabeza y me regresó al puro subconsciente desde un bus.
Comentándole a Serrano sobre la opinión generalizada de que en Guatemala el público escritor, aunque pequeño, supera el lector, se mostró tan escéptico como Méndez Vides, y añadió: “el gran problema de la industria editorial en el país, no es que falten lectores, sino que la industria tiene todo en contra: apenas hay bibliotecas, apenas hay librerías y los libros son caros, además. Todo eso, son otros veinte pesos del mismo pastel.”

Publicar en Guatemala es, pues, tan complicado e intrincado como en el resto del mundo. No obstante, tanto aquí como en cualquier otro lugar, los escritores seguirán empecinados en lograr que sus creaciones salgan a la luz. En el fondo, los ideales de Anneliese Thomae palpitan en el corazón de cualquier escritor que, como cualquier otro profesional, aspira al éxito, a que su rebeldía sea aclamada como genialidad, como valentía, como espejo idóneo de una época. Si bien la escritora Laura Freixas se atrevía a comparar la vocación del escritor con la religiosa, para un escritor es muy difícil contentarse con sólo escribir. Parte del escribir es compartir. Stephen King, el exitoso autor de dramas de suspenso en Estados Unidos, comparaba esa necesidad con el trabajo de un paleontólogo que busca fósiles de dinosaurio: una vez que lo encontramos, ¿quién es lo suficientemente fuerte para guardar el secreto? “La alegría de compartir el secreto y comunicarlo, finalmente, no es más que la alegría de ser humano, sentir la maravilla y querer compartirla…”, comenta al respecto la periodista argentina Ana von Rebeur.
Respecto a la “literatura comercial” en el país, todos los editores se pasan la bola sobre quién de ellos es “más comerciante que editor”, como si el trabajo de éste no tuviera nada que ver con un negocio que debe ser rentable. Así, mientras aún es discutible si la línea divisoria entre “literatura comercial” y “literatura seria” es real (Charles Dickens, Julio Verne y Alejandro Dumas fueron auténticos best-seller en su tiempo, sin que eso les impidiera entrar al panteón de los clásicos) en nuestro país es poco probable que una editorial se arriesgue a publicar una saga de ficción o de misterio por temor a perder su calidad “intelectual”. Y esto es un problema, porque es muy probable que la “literatura comercial” se lea más que lo que produce la industria local.
Otro gran peligro es el no representar ninguna competitividad. En estos tiempos, el mundo es globalizado y ya. Ese es un tema que ya no es discutible. Y eso no afecta solamente a la economía o a la política. Las editoriales guatemaltecas son precisamente parte de una industria, que como todo, también está globalizada, y si éstas realmente quieren lograr que sus autores trasciendan, deben dejar de compararse entre sí, en este pequeño y subdesarrollado mercado local, y girar el rostro cada vez más hacia el mercado global. El juego editorial de coyuntura es feroz y despiadado, y ningún libro nacional logrará eco si está vestido de harapos en la mejor librería de Los Ángeles o México.
No obstante, Raúl Figueroa, de F&G Editores, acierta maravillosamente cuando recalca la necesidad de más bibliotecas en el país, así como la importancia que tiene la presentación de los libros en el mercado editorial. Armando Rivera, de Letra Negra, marcó un homerun con su iniciativa dramática para promover la lectura en el Teatro del IGA, así como su interés por los escritores jóvenes. Julio Serrano, de Libros Mínimos, vio el futuro cuando decidió crear una editorial web para su EPS de la universidad.
El mundo moderno está ampliando los panoramas de la literatura hacia ámbitos cada vez más dinámicos y audiovisuales: televisión, cine, incluso los audiolibros. Y los jóvenes guatemaltecos, ese grupo que guarda a los futuros escritores, no estarán interesados en la industria local mientras ésta siga pareciendo un “club de los poetas muertos”.

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Imagen: Ill final 2 de pandanj

jueves 23 de abril de 2009

¡Libros, livres, books, biblios, livros, bücher... !


Montag es bombero y es del "futuro". Su profesión es quemar libros. ¿Por qué? Si le preguntaras a los conciudadanos de Montag, o al mismo Montag, te darían, sin lugar a dudas, una de dos respuestas: uno, porque ya todo es "a prueba de fuego", así que no tiene sentido que los bomberos se la pasen apagando incendios inexistentes; segundo, porque los libros son ilegales. La razón es que hay algo de subversivo en ellos, algo peligroso y discriminatorio que tiene que ver con el intimidante conocimiento de los que leen y la culposa ignorancia de los que no. Mejor todos iguales y que nadie lea.

Así que, por eso, Montag quema libros. Quema los pocos libros que quedan en el mundo, libros ocultos por "rebeldes intelectuales" (soberbios presuntuosos que no aceptan ser felices, como todos; porque en el futuro, libres de los libros, vamos a ser felices). Localizan casas que denuncian soplones conscientes, arrestan a los delincuentes y queman los libros.

Una noche, sin embargo, algo pasó. Encontraron una casa que era, prácticamente, una biblioteca de cimientos a techo. Las opciones eran absolutamente estrechas: había qué quemar la casa entera. La dueña, no obstante, se rehusó a salir. Y el jefe de Montag no se complicó y mandó a quemar la casa de todas formas. Eso fue el comienzo del fin de Montag:

"-Tiene que haber algo en los libros, cosas que no podemos imaginar, para que una mujer permanezca en una casa en llamas; tiene que haber algo ahí. No te quedas por nada”.

Mmm... Bueno, tal vez fue el comienzo del fin del mundo.
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Hoy, 23 de abril, la UNESCO decidió establecer el "Día Internacional del Libro", en honor a la fecha de fallecimiento de William Shakespeare, Miguel de Cervantes y Garcilaso de la Vega. El objetivo es promover la lectura, la industria editorial y la protección a los derechos de autor.

Y bueno, dado que la gente que me conoce me saluda hoy como si fuera mi cumpleaños, decidí que no puede ser que no escriba algo relacionado a por qué me parece que los libros son increíblemente fascinantes. Lo primero que puedo decir es que lean "Fahrenheit 451" (el libro que guarda el mundo de Montag) y descubran, como en una lítote, qué pasaría si los libros fueran desterrados de la sociedad. Un libro muy objetivo (pese a todo; no es sólo para los fanáticos de los libros), lleno de pensamientos filosóficos para los reflexivos y de acción policíaca para los que disfrutan de tramas trepidantes.

Segundo: ¿qué tienen los libros de especial? Navegando en Internet encontré varias frases muy interesantes en las que grandes escritores, personalidades históricas y expertos en el mundo editorial, opinan con mucha gracia y pasión acerca las realidades sublimes que encierran los libros.

“No hay nada de mágico en ellos. La magia reside solamente en lo que los libros dicen, en cómo han cosido los retazos del universo en una sola prenda para nosotros”. –Ray Bradbury.

“No sé de ningún problema que una hora de lectura no arregle”. –Charles De Secondat

"Para viajar lejos, no hay mejor nave que leer un libro" -Emily Dickinson.

“El camino al conocimiento inicia con voltear una página” –Anónimo.

“La biblioteca es el templo del aprendizaje, y el aprendizaje ha liberado mucha más gente que todas las guerras de la historia” –Carl Thomas Rowan.

“Un libro es un proyector de filmes a base de energía humana, que corre a una velocidad totalmente adaptada al humor o gusto del espectador. Esta rara armonía entre objeto y usuario surge de unos requerimientos de habilidad mínimos para manipular la secuencia de las páginas. Cada hoja de papel plasma un instante del tiempo que permanece congelado hasta ser liberado por el acto de voltear la página” –John Maeda.

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora" -Proverbio Hindú.

“No hay posibilidad de equivocación cuando conocemos un libro de verdad. Es como enamorarse”. –Christopher Morley

“Los iletrados del siglo XXI no serán aquellos que no saben leer ni escribir, sino aquellos que no pueden aprender, desaprender y volver a aprender” –Alvin Toffler.

"No puedo vivir sin libros” –Thomas Jefferson.

“Una buena biblioteca es un palacio donde los majestuosos espíritus de todas las naciones y generaciones se encuentran” –Samuel Niger.

“Siempre he imaginado que el paraíso será alguna clase de biblioteca” –Jorge Luis Borges.

“La biblioteca pública es el sitio más peligroso de la ciudad” –John Ciardi.

“Los libros… son como caparazones de langostas. Nos rodeamos de ellos, y luego crecemos fuera de ellos y los dejamos atrás, como evidencia de nuestras etapas previas de desarrollo”. –Dorothy L. Sayers.

“Propiamente, deberíamos leer por poder. Un hombre que lee debe ser un hombre intensamente vivo. El libro debe ser como una bola de luz en nuestras manos”. –Ezra Pound

“Nunca juzgues un libro por su película” –J. W. Eagan

“Encuentro la televisión muy educativa. Cada vez que alguien la enciende, me voy a otra habitación y leo un libro” –Groucho Marx.

“¡Declaro, después de todo, que no hay ningún deleite como leer! ¡Muy pronto se harta uno de todo antes que de un libro! Cuando tenga una casa propia, seré miserable si no tengo una excelente biblioteca” –Jane Austen.

“Ten tanto cuidado con los libros que lees como de la compañía que tienes; pues tus hábitos y tu carácter se verán tan influenciadas por los primeros como por los segundos” –Paxton Hood

“Un hombre que no lee buenos libros, no tiene ninguna ventaja sobre el que no puede leerlos” –Mark Twain.


Espero que, si les gusta leer, esto reafirme su amor; y que si no, que al menos lo empiecen a considerar (porque no tienen idea de lo que se están perdiendo). ¡La experiencia de penetrar en el mundo intangible pero asombrosamente vívido que encierra un libro es absolutamente única!

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Imagen: The Tree of Books por vladstudio

miércoles 4 de febrero de 2009

Un clásico borrascoso


Cuando abrimos este clásico de la literatura inglesa, y nuestros ojos se encuentran con las primeras líneas de la novela, nos topamos con una escena sólo en apariencia muy poco impactante: el joven Lockwood, ingenuamente, hace una visita al señor Heathcliff, dueño de las propiedades “Wuthering Heigths” (Cumbres Borrascosas) y “Thrushcross Grange”, con la intención de ser el próximo inquilino de la última.

Por una serie de circunstancias, Lockwood se verá obligado a pasar la noche en el lúgubre y demencial ambiente de “Wuthering Heights”. Dentro de la frialdad de su habitación, encontrará retazos del testimonio perturbador de Catherine Earnshaw acerca de una infancia marcada por el odio entre Hinley –hermano de ella– y un tal “H.”. ¿Heathcliff? La impresión de Lockwood sobre tales sucesos le sumerge en una tensión febril en la que se verá, incluso, atormentado por el espectro de una mujer joven, demacrada, que gime por entrar a través de la ventana. El señor Heathcliff, altanero y sarcástico hasta el sadismo, pierde toda su compostura al escuchar la historia de su recién espantado huésped, hecho ante el cual Lockwood decide abandonar dicho mundo de locos, aunque sin tardar demasiado en obsesionarse con la historia que encierran las paredes frías de Cumbres Borrascosas…

Hay autores que han alcanzado la fama tras una extensa cantidad de obras que, casi anualmente, han llenado las estanterías, sucediéndose en novedad. Muchos ejemplos podemos mencionar entre la literatura contemporánea, una época en que el ámbito se ha convertido en un trepidante fenómeno comercial –pero que no necesariamente implica que la calidad esté en la misma cúspide. Ahora bien, hay autores que, sin necesidad de una cobertura mediática ametrallante, y aún bajo circunstancias sociales adversas, con tan sólo una obra logran alcanzar un pedestal entre los clásicos eternos de la literatura universal. Exactamente ése es el caso del “Cumbres Borrascosas” de Emily Brontë, única obra de la autora inglesa.

Analizar la obra de Emily Brontë es la respuesta a la pregunta de muchos escritores: ¿qué se necesita para entrar al Panteón de los Clásicos Inmortales? Aunque, realmente, ésa es una respuesta que solamente el tiempo puede contestar, se pueden nombrar una fundamental característica común. La primera y más evidente de todas es esa misma perdurabilidad que, de forma más específica, podemos traducir en “vigencia” –y la cual, a su vez, podemos traducir en la facultad que posea la obra para capturar el interés del lector, aún fuera de la audiencia para la que fue pretendida.

Siguiendo tal lineamiento, se logra afianzar una verdad simplemente innegable: se mire por dónde se mire, “Cumbres Borrascosas” es fascinante: una historia romántica hasta en el aire pero cargada del más ácido tenebrismo, lo cual viene a romper todo esquema del amor cortés y los héroes puros y nobles hasta convertir la trama en una auténtica novela gótica.

Comparable incluso con el “Drácula” de Bram Stocker o el “Frankenstein” de Mary Shelley, Cumbres presenta con una maestría inquietante el panorama tenso de un amor psicológicamente imposible, lo cual es ya, de por sí, suficientemente perturbador como para envidiar algo a las primeras obras del género. El tema sobrenatural es el lente a través del cual la autora nos presenta la realidad malsana de unos personajes motivados por fuertes pasiones de odio e ira, y donde Heathcliff encarna al monstruo correspondiente.

¿Quién es Heathcliff? ¿Solamente un gitanillo huérfano que el señor Earnshaw encontró eventualmente y al que decidió adoptar, para deleite de su hija menor y eterno odio de su hijo mayor? ¿O, como le describen la mayoría de personajes que le rodean, un demonio, un ser desalmado, salvaje en espíritu, vengativo y venenoso en todas sus intenciones? Sea quien sea, es éste el protagonista de una historia de “vendetta”, un hombre que se compromete a destruir por completo las vidas de los Earnshaw y todos aquellos que lleven su sangre, evidenciando a la vez el impresionante manejo de la psicología humana y sus trastornos por parte de la misma autora, los cuales no pueden hacer menos que erizarnos todos los vellos de la nuca, amarrarnos la garganta o poner a saltar de temor nuestros corazones.

Así como la trama se desarrolla en torno a los relatos que escucha Lockwood de labios de una criada muy familiarizada con los misteriosos y atribulados personajes que habitaron en las dos propiedades del inicio, así mismo el lector escucha –realmente escucha– los mismos relatos tenebrosos y maniáticos, pasando las páginas con la misma rapidez con que pasan las horas. Es cierto, no hay ningún personaje en este recuento que merezca nuestra admiración, que inspire simpatía o abogue a nuestra lástima y, no obstante, es imposible no fascinarnos con Heathcliff –por malvado que sea– o no inquietarnos cada vez que la caprichosa Catherine Earnshaw entra en escena con alguna nueva treta.

El hechizo que mantiene al lector submerso en una trama con olor a tragedia desde las primeras páginas es el nombre definitivo de lo que consagra a una obra como clásico: ambiguamente le llamamos antes “vigencia del interés”; propiamente, se llama estilo.

¿Pero qué es eso de estilo, me han preguntado más de una vez? Decir que es la naturaleza de un libro –su modo de operación– , o que, dicho de otra forma, es aquello que “te golpea en el estómago” –citando a otra autora, como característica del buen libro– probablemente resulte muy abstracto y poco esclarecedor. Por ello, antes de contestar, siempre recuerdo la conversación que tuve en una ocasión con una editora, quien me dijo que no hay que buscar tramas originales –¡porque todos los temas están ya tocados!–; lo que hace a un escritor verdaderamente único y grandioso, es su estilo. Así pues, tomando en cuenta este detalle, mi respuesta definitiva a la pregunta primera ha sido siempre la misma: ¿quieres saber qué es el estilo? -¿Qué hace a un clásico, por ende? Lee “Cumbres Borrascosas” y lo entenderás.

Personalmente, después de leer a Emily Brontë, ya no volví a tener dudas al respecto.

viernes 26 de diciembre de 2008

Dig



























Ilustraciones por Alan Aldridge :)
Se recomienda escuchar "Dig", de Incubus










martes 9 de diciembre de 2008

"Calle Abajo"


"¡De entre las cosas más absurdas que se le habían podido ocurrir, tuvo que elegir aquella! ¡Qué insensatez! Podría haber tomado la opción más común: correr a su habitación, encerrarse del mundo y aguardar, observando la oscuridad desde el cobijo de la cama, hasta que todas las lágrimas que no saldrían nunca dejasen de curiosear junto a la cuenca de sus ojos. Podría haberse sumergido en aquel mundo triste y solitario, rodeándose de la música melancólica y de tonadas suaves que poco a poco le adormecía hasta atraparle en un sueño profundo e insensible. Podría haberse desquitado con su constante compañero de celulosa perfumada, tatuándole nuevas preocupaciones ácidas respecto al orbe.
¡Pero no! Aún lloviendo, aún pese a la inseguridad, se había lanzado a las calles en plena madrugada, sin rumbo y sin recursos. En el fondo sabía que deseaba volver, pues la perspectiva desoladora de las aceras noctámbulas, llenas del aliento fermentado del vicio nocturno, le infundían grandes temores que le atravesaban como flechas en su consciente vulnerabilidad. No obstante, más adentro aún, tenía la fuerte convicción de no volver jamás al mismo vaho enfermizo que le había hostigado los últimos meses. Ahora que había, siquiera sutilmente al horizonte, una luz cálida y nueva, algo le convenció a no dejar escapar esa brillante oportunidad del cambio radical.
Insegura, Ana introdujo sus dedos de hielo dentro del bolsillo de la chaqueta y tomó el cuasicongelado celular, el receptor de la evidencia de su esperanza. Lo refugió entre sus palmas frías y lo apretó contra su pecho, como protegiéndole del ambiente gélido. Si por alguna razón se averiaba… Si llegaban a hurtárselo… ¡No! ¡No podía permitirse ni imaginarlo! Aquel mensaje era la prueba fehaciente de que nada había sido sólo una ilusión, era la prueba de que tenía otra opción… y de que él existía.
¿Era él la encarnación de la ansiada disyuntiva? ¿O era, más bien, su propuesta? Ana anhelaba ambas, desde hacía mucho tiempo, pero jamás se le había ocurrido imaginar que sus dos deseos pudiesen presentársele alrededor de un mismo sujeto; y, de hecho, temía que tuviese que llegar a elegir solamente uno de ambos: ¿amor o trascendencia…?
¡Pero, ¿en qué demonios estaba pensando?! ¿Amor? ¡Já! ¡Qué irrisorio! La mente de Ana le reprochó tan duramente, haciéndole revivir todas las experiencias con ese intrusillo del “amor”, que las cuerdas vocales se le anudaron angustiosamente y todo su cuerpo se estremeció por una razón distinta al clima. No, no, no… Más valía no andar idealizando a nadie, ni considerando siquiera… ¡Aquella oportunidad era demasiado buena como para arriesgarla de forma tan infantil! Si es que la oportunidad era real…
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La razón de por qué vagaba Anna por las calles aquella fría noche de noviembre tenía sus orígenes en sucesos anteriores que difícilmente lograría olvidar alguna vez. El inicio de aquella locura había tenido lugar una noche de los últimos días de septiembre; una noche en que Anna había llorado hasta despertar y reparar en una verdad inquietante: quería ser hombre. Sí, así y sin más pelos en la lengua, Anna quería ser hombre.
Aquella noche, Ana había dado las buenas noches a su padre, un viejo relojero por tradición, a su hermana mayor, Inés, y a su perra, Kirsha –cuyo nombre no quedaba claro para nadie en aquella residencia.
Habría que decir que el ya anciano Elmer Siraco no andaba muy bien de la cabeza; de hecho, el negocio de los relojes era realmente una pantomima para mantenerlo ocupado –la relojería tenía mucho tiempo de haber quebrado y las cuentas las pagaban los diversos empleos que apretaban los nervios de las hijas. Los médicos temían que “don Elmer” se deprimiese si la labor de su vida fuese separada de él. Pues, por más que a Ana le costase comprenderlo, su padre era un relojero de vocación.
Y aquella noche, sentado en su vieja butaca de terciopelo ya roído, y mientras contemplaba absorto el paisaje mustio de aquella urbanidad abandonada, levantándose cansadamente al otro lado del ventanal, en sus labios entreabiertos se asomó su único anhelo, justo al momento en que los labios pálidos de Ana le besaron la nudosa frente:
–¡Ahh.., mi querida Bertha! ¡El viejo Junghans 1953…! –suspiró con melancolía.
Ana había hecho caso omiso al ya usual juego de palabras; ignorarlo era el remedio para el dolor que le causaba la mente perdida de su padre. Según los doctores, el pobre hombre estaba atrapado en sus viejos amores: Bertha Tobler, su ya difunta esposa, y un finísimo reloj alemán de colección. La nostalgia provocada por la senectud tenía que ser el único puente de unión entre ambos anhelos, tan totalmente fuera del alcance del señor Siraco; por cuestiones naturales y económicas, evidentemente.
Así pues, la joven abandonó la habitación, dejando atrás al perdido “don Elmer” contemplando algún imaginario más allá de la mugre de la ventana, y a una ojerosa Inés que daba un sorbo a su taza de café instantáneo mientras intentaba no abatirse ante la lista de cuentas pendientes. Cerrándose a dicha situación, Ana cerró la puerta en las narices de la vieja perra y continuó avanzando hacia el segundo nivel de aquella estrecha residencia, pisando las losas de cemento de las escaleras..."
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Imagen: The Second World by mjagiellicz
(Por cierto, perdón por este desagradable formato apretado. Quise ponerlo de otra forma que no resultara tan cargado pero esta cosa no se dignó a cambiar los cambios!! O ponía todo pegado, o separaba los párrafos por tres líneas en blanco, que se veía hasta peor! Mis disculpas!!)

martes 2 de diciembre de 2008

Euforia no quiere escribir




Ok. Estaba hoy por ahí, desocupada, pasando el rato, oyendo música, y me dio, entre todo, la gana de traducir al inglés algunos escritos “viejos” –¡de hace un año, pero me parece ya tanto!– para postearlos en mi deviantART; y entre todo esto, releyendo, reconociéndome entre esos tiempos oscuros en que todo me parecía tan absurdo y apagado, me sorprendí, no de la naturaleza de mis sentimientos, sino de la cantidad de producción escrita. Meses después, en que todo marcha bien… ¡no!, no bien sino “¡de perlas!”, mi producción escrita ha disminuido, desafortunadamente. Antes era capaz de escribir algo como esto (lo siguiente) en cuestión de minutos, simplemente atendiendo esa necesidad eterna de escribir, ¡escribir, escribir como enferma!

"-¿Por qué, criatura, insistes en transcribir con palabras esos conceptos que sabes que no existen?

-Porque necesito sacarlos de aquí o van a matarme.

-¿Y cómo puedes llegar a pensar algo tan nefasto como eso?
-Porque los siento, me lastiman y me hieren.

-¿Pero puedes decir acaso quiénes?

-¡Quiénes y qués, realmente! ¡Son tantos y nada!... No entiendo nada.

-Nadie, criatura. Pero pretenden hacerlo para no desquiciarse, para no pensar tanto. ¿Por qué, mejor, no mandas a callar a tu mente?

-Porque cada vez que lo hago, mi alma la despierta. Mi mente está cansada y quiere dormir. Es mi alma quien está inquieta y no dormirá jamás; porque quiere entender...

-¿Qué?

-Por qué es diferente. Por qué la crearon así, o, al menos, por qué la crearon consciente.

-Bueno... Tal vez tiene que VER algo que las otras no ven...

-¡Ve algo! ¡Ve, oye, huele, siente muchas cosas que nadie más percibe! Al parecer...
-¿Entonces? ¿Cuál es su problema?

-¡Que no entiende!

-¿Y por eso llora?

-"Lloramos". Por eso lloramos...

-¿Quiénes "nos"?

-Mi alma y yo.

-¿Ahora ya somos tres?

-Somos uno, pero tenemos muchas voces, muchas caras y muchas vidas.

-¿Y por eso hay necesidad de tantas preguntas?

-No. Por eso hay necesidad de tantas respuestas.

-Somos complejos los humanos, ¿no?

-Somos un misterio, en efecto.

-¿Y no se cansarán de divagar al respecto?

-De hecho sí, pero no hay más remedio, porque no habrá descanso en caso contrario.

-¿Y realmente creen que alguien resolverá el enigma?
-Quizá los muertos.
-Pero los muertos no hablan.

-Tal vez no lo hagan con palabras.

-Pero, aún si pudiéramos interpretar correctamente sus mensajes, ¿nos darían la respuesta?

-No, nunca.

-¿Por qué?

-Porque somos una esencia indefinible.

-Pero somos.

-Y somos algo.

-Sí, algo y un poco de todo.

-Algo y un poco de todo...

-Pero algo hermoso al menos ¿no?

-Algo hermoso rodeado de locuras...

-O arte...

-O magia...

-O curiosidad...

-Y aquí vamos de nuevo, ¿no?

-O mundo.

-Sí... Mundo... "


Pero ahora, cuando soy feliz, mi psiqué no tiene nada qué decir. ¿No hay nada que le preocupe? ¿No tiene nada qué expresar? ¿Se inhibe acaso si no sufre? ¡Ya no hay conversación! Solamente estos monólogos forzados que realmente no interesan a nadie.

Al parecer, no puede haber comunión entre una mente en paz y una vocación de escritor. En cuanto lo pienso, me parece que, para poder escribir, algo dentro de mí debe estar perturbado. Sí, la habilidad de decir de forma interesante algo común y corriente es algo que puedo hacer cada vez que se me apetezca. ¡Pero inspirarme…! ¡Y más aún, inspirar a otros! Se necesita un sentimiento muy fuerte para que eso suceda. La euforia incita a hablar, a expresar mucho y muy fuerte, pero no a escribir. Para escribir se necesita un momento a solas, idealmente con Melancolía, aunque se esté rodeado de gente; una mirada hacia nuestro interior con los ojos del alma en claro para dejar salir, con toda la belleza del caso, esa infinidad de misterio abstracto que nos inunda cada vez que cerramos los párpados y descubrimos que somos inmensos… Inmensos, únicos e insólitos...

¡Hola, Majo!
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Imagen: meh new place by RayArray
Texto: Dialogo Complejo Compuesto Incompleto por MJ. Prado